Cuando salimos a navegar la vida

Dejemos que el espíritu nos guíe



KieferPix/Shutterstock.com

Mi padre decía, cuando me enseñaba a manejar el velero de treinta pies que construyó, que, “Es la vela la que sigue el viento y el timón el que sigue la vela”. La vela, por su naturaleza, atrapará el viento y se inclinará hacia él. El timón es para dar dirección una vez hemos zarpado.

Nuestra alma es como una vela. Una vez elevada, es llenada por el viento del Espíritu que establece nuestro curso y dirección. Nuestra voluntad es nuestro timón; su trabajo es seguir hacia donde nuestra alma llena del Espíritu nos dirija, ayudando a dirigir nuestro camino. Cuando nos apoyamos en la voluntad de hacer que las cosas sucedan, nos volvemos tercos, confundidos o perdidos. El navegar con claridad viene cuando nos dejamos llevar hacia una visión más grande que nuestro yo, al sentirnos completamente vivos a lo largo del camino.

Navegando a lo largo del mar, mi padre vivió una vez para siempre, al sentir la sensación de toda la vida en ese momento. Todos anhelamos vivir en esos momentos para siempre, sin embargo, un sabor de vitalidad nos puede llenar, sostener y refrescar en medio de las tareas diarias.

Todos enfrentamos tiempos que están fuera de nuestro control cuando la vida no sigue nuestros diseños o planes y se nos pide que trabajemos con la vida y no pelear, maldecir u ocultarnos de ella. Cuando insistimos en hacer las cosas a nuestra manera, podemos estar tan enredados en nuestra voluntad que entonces no podemos sentir el viento del Espíritu. Durante estos tiempos—cuando tememos que no hay significado y parece que nada nos sostiene, nuestra voluntad puede hincharse, romperse, saltarse, como una vela, en un intento desesperado de llenar lo que parece una vida vacía.

Pero incluso salir al mar nunca es fácil. Mi padre decía, “Siempre es difícil navegar hacia un punto fijo, ya que inevitablemente tendrás vientos cruzados varias veces antes de llegar allí”. Pero por el contrario, un bote se mueve más rápido y limpio cuando simplemente sigue el viento. Es lo mismo cuando entendemos dónde la vida nos está llevando, en lugar de estar pensando sin cesar sobre dónde vamos. El dedicarnos a ver la experiencia que trae el viaje en lugar de determinar un destino, entonces, descubrimos nuestro camino.

Como una vela, nuestra vida debe estar abierta antes de que el viento enseñe su rostro. Del mismo modo, el Espíritu nos llena cuando podemos habitar en nuestra propia naturaleza. Perdemos lo que nos espera si nos acercamos demasiado a la orilla de nuestro pasado, nuestra familia, el sueño de otra persona para nosotros o una vieja identidad. Para sentir el viento en nuestra cara, debemos dejar las aguas poco profundas y buscar las profundas. Solo entonces se mostrará el destino más grande y eterno, y nuestra alma estará lo suficientemente llena del Espíritu de tal manera que nuestro yo más pequeño no tenga más remedio que comprometerse a conducirnos hacia todo lo que importa.


Extracto adaptado de The One Life We’re Given: Finding the Wisdom that Waits in Your Heart, por Mark Nepo (Atria). Comuníquese en MarkNepo.com and ThreeIntentions.com.

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