El poder del lugar



Las cualidades que hacen que un lugar sea especial para nosotros son altamente personales y, a menudo, nos ayudan a definir quiénes somos. Ya sea que el escenario es una casa en el lago, un refugio en la montaña, una casa en la playa o un jardín en el crepúsculo, nuestras conexiones sensoriales con estos lugares especiales nos forman de una manera profunda y duradera. Las experiencias de la infancia en nuestros pueblos o lugares memorables donde corrimos libremente durante unas vacaciones de verano, muchas veces quedan grabadas en nuestros recuerdos más fuertes.

Esta relación con el lugar es una que llevamos dentro de nosotros por toda una vida. William Faulkner, autor ganador del Premio Nobel, señaló que su propio “pequeño sello del terruño” era una fuente inagotable de material. Eudora Welty, también de Misisipí y ganadora del Premio Pulitzer, escribió: “El lugar absorbe nuestras primeras nociones y atención, nos otorga nuestra conciencia original; y nuestros poderes críticos surgen a partir del estudio de esa relación y el crecimiento de la experiencia dentro del mismo. Es en este lugar que cada de uno de nosotros va para encontrar la más clara y profunda identidad de su propio ser”.

El psicólogo Carl Jung vivió casi la mitad de su vida en una casa que construyó en el pueblito de  Bolligen, en el Lago Zurich de Suiza. En sus memorias, Memories, Dreams, Reflections, Jung comentó: “En Bolligen, estoy en medio de mi propia vida, soy profundamente yo mismo. En momentos me siento como si estuviera desparramado por el paisaje y dentro de las cosas y viviendo en cada árbol, en el chapoteo de las olas, en las nubes y los animales y en la procesión de las estaciones. En Bolligen, el silencio que me rodea es casi audible y vivo en modesta armonía con la naturaleza”.

Iona Dreaming: The Healing Power of Place es el diario de Clare Cooper Marcus que vivió seis meses en la isla escocesa de Iona. La autora escribe: “Me siento pura en este lugar. Es como si no hubiera separación entre mi vida, la respiración, la percepción del cuerpo y el alma de mi naturaleza. Ninguna postura ni pretensiones. Soy quien soy, ni más ni menos. A medida que mi respiración se calma y me relajo, experimento el sonido del mar que pasa a través de mí, no yo escuchando el mar, no yo y el mar, solo el sonido. Una brisa sopla en mi rostro, el sol brilla en mis mejillas y en mi frente. Por un momento, parece que penetran mi cuerpo. Entonces, simplemente son. Mi cuerpo deja de existir. No hay Clare o ego, o persona en específico, sino una manifestación de la energía divina como todo lo que me rodea… nuestra separación es solo una ilusión”.

Estos tipos de experiencias íntimas ocurren muy a menudo cuando estamos relajados o en estado meditativo, o pasando un tiempo en la naturaleza con todos nuestros sentidos, cuerpo y corazón abiertos. Tales momentos inspiraron la experiencia descrita por el poeta estadounidense Robinson Jeffers cuando dice: “nos enamoramos hacia afuera”.

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