Creciente revolución alimentaria en los Estados Unidos

Una guía de selecciones sostenibles



Hemos escuchado el rumor. Estados Unidos está en el medio de una revolución alimentaria. Las ventas de alimentos naturales y orgánicos se han duplicado. El movimiento de los llamados ‘locávoros’ (que comen productos locales) se ha convertido en un fenómeno nacional. Las iniciativas de la agricultura apoyada por la comunidad (CSA, por sus siglas en inglés) y los mercados de agricultores se están proliferando. Incluso el gobierno federal y algunos de los detallistas de alimentos más grandes del país se han unido al movimiento, con la Primera Dama, Michelle Obama, ayudando en la siembra del primer jardín en los terrenos de la Casa Blanca, algo que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial, y Walmart prometiendo que en enero duplicará las ventas en un 9 por ciento del porcentaje de vegetales y frutas cultivados localmente.

De hecho, las estadísticas son motivadoras: según los investigadores de la Universidad de Wisconsin, los vegetales y las frutas viajan un promedio de 1,500 millas desde las tierras de labranza hasta el plato de hoy, un alza de 22 por ciento desde 1981. La mitad de nuestra tierra y 80 por ciento de nuestra agua es utilizada para la agricultura, informa The American Journal of Clinical Nutrition, y el uso de pesticidas se ha disparado desde los 1940. Mientras tanto, los problemas de salud asociados con los químicos agrícolas van en subida.

“Hemos atravesado 100 años de industrialización de nuestro suministro de alimentos y los consumidores han comenzado a despertar y a darse cuenta de que no tienen ni idea de cómo se elaboran los alimentos, dice James McWilliams, historiador, escritor de políticas sobre alimentos y profesor en la Universidad del Estado de Texas. “Los historiadores mirarán hacia atrás para analizar este tiempo y lo clasificarán como memorable”.

Pero con cada revolución viene una pregunta difícil—y un debate fiero—sobre cuál es la mejor manera de participar. ¿Es mejor comprar “orgánico”, “natural” o “local”? ¿El comprar en los mercados de agricultores es inherentemente más ecológico? ¿Existen otras maneras tales como plantar un jardín o abstenerse de comer carne para lograr un impacto aún más grande?

En realidad, no hay contestaciones fáciles, pero “los consumidores necesitan estar preparados para afrontar un poco más de complejidad con relación a cómo pensamos sobre los alimentos en lugar de repetir mantras como ‘Coma Local y Compre Orgánico’”, aconseja McWilliams.

El caso de lo orgánico

Pregúntele a la presidente de Rodale Inc., Maria Rodale, qué pueden hacer los consumidores para mejorar su salud y su ambiente, y la contestación es inequívoca: “Si tan solo hace una cosa—haga una selección que sea consciente—que pueda cambiar el mundo, escoja orgánico”, escribe ella en su nuevo libro, Organic Manifesto: How Organic Farming Can Heal Our Planet, Feed the World, and Keep Us Safe.

El abuelo de Rodale fundó la revista Organic Farming and Gardening Magazine (hoy titulada Organic Gardening) en los 1940, impulsando un movimiento orgánico que para los 1960 era casi sinónimo de ambientalista. Pero hoy día, Rodale reconoce que la industria orgánica se enfrenta a un reto de relaciones públicas en la medida que los consumidores regatean desde alimentos certificados orgánicos por la USDA hasta opciones “naturales” más baratos o “cultivados localmente”.

Una encuesta de 2009 por The Shelton Group encontró que de 1,000 compradores, 31 por ciento buscó la palabra “natural” en la etiqueta, mientras que un 11 por ciento buscó “orgánico”. “Hay una interpretación errónea entre los consumidores de que de algún modo “natural” es la palabra que está regulada y orgánica no. De hecho, es al revés”, dice la presidenta Suzanne Shelton.

Existe un mandato de ley del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) que los productos con etiquetas indicando orgánico estén libres de pesticidas, hormonas y organismos genéticamente modificados (GMO) y que los animales sean criados utilizando prácticas dirigidas a minimizar el abuso del animal.

En contraste, la Administración Federal de Drogas y Alimentos describe vagamente lo que es natural como: “que no se haya incluido nada artificial o sintético, o que algo ha sido añadido a un alimento que normalmente no se esperaría encontrarlo en el alimento”. Con la excepción de la carne, es opción del manufacturero definir qué significa natural. (En el 2009, la USDA definió la carne proveniente de un animal “criado naturalmente” como “…criado enteramente sin promotores de crecimiento, antibióticos y nunca ha sido alimentado con derivados de animales”. No dice nada con relación a GMO o tratamiento humano del animal).

Los defensores de lo orgánico señalan que un animal puede ser alimentado con alimento genéticamente modificado y confinado a una jaula pequeña y todavía ser clasificado como natural. Una hogaza de pan natural puede estar hecha con granos que han sido repetidamente fumigados con pesticidas y fertilizados con abono hechos por el hombre. “Natural se refiere al producto final”, explica la Organic Trade Association. “No provee ninguna información sobre cómo el producto ha sido producido”.

¿Y qué hay sobre comprar localmente? Rodale argumenta que, concentrase en lo local es maravilloso porque reduce las millas de la finca al plato, pero si no es orgánico, se está obviando el problema mayor que tiene que ver con el uso de pesticida y antibióticos.

Al señalar que más de 4 mil millones de libras de pesticida se usan anualmente en los Estados Unidos, ella indica que estudios de los Institutos Nacionales de Salud y del Centro de Salud Ambiental del Centro Médico Pediátrico de Mount Sinai sugieren que existen vínculos entre el uso de antibiótico agrícola y el alza en infecciones resistentes a medicamentos en humanos, y entre pesticidas a base de organofosfatos con cáncer y diabetes. “Está bien comprar local, pero si los productos tienen químicos, el agricultor está contaminando nuestra comunidad”, dice Rodale. “Y eso es mucho peor”.

La forma locávoro

A principios de 2005, Jennifer Maiser y un puñado de amigos en San Francisco decidieron limitar lo que comían por un mes a lo que se producía dentro de las 100 millas del hogar. Para el mes de agosto, 1,000 personas habían firmado para participar en el reto de Maiser, EatLocalChallenge.com. Para 2007, “locavore” fue la Palabra del Año en el New Oxford American Dictionary.

“Fue creciendo como una bola de nieve,” recuerda Maiser. “Pienso que tiene mucho que ver con los cambios en el movimiento orgánico. En los 1990, si estaba comiendo orgánico, básicamente estaba comiendo productos de los agricultores locales. Pero cuando las grandes compañías entraron y se podían conseguir vegetales y frutas cultivados en México, ya no fue lo mismo. Todavía queríamos saber de dónde provenían nuestros alimentos”.

Leda Meredith, bailarina profesional convertida en etnobotánica, comenzó en el 2007 un reto de conseguir alimentos locales dentro de un radio de 3,250 millas, en parte para ver si un profesional con el tiempo bien reducido viviendo en el frío Brooklyn podía lograr lo quehacían los locávoros de los climas más cálidos. De primera intención, el ajustarse a las realidades fue muy duro. El aceite para cocinar local era muy difícil de encontrar (ella guardó la grasa de los patos criados localmente y la utilizó para las palomitas de maíz también cultivado localmente) y su apartamento de una habitación no era ideal para almacenar vegetales y frutas en conserva (mantenía tomates envasados y secaba las setas salvajes bajo su cama).

“Pero ya al año, era algo normal”, dice Meredith, autora del libro The Locavore’s Handbook: The Busy Person’s Guide to Eating Local on a Budget.

Siempre que sea posible, ella escoge orgánico y local y si el producto no está en lista del Environmental Working Group como uno de los más empapados con pesticida, podría ser que compre orgánico fuera de lo local. Pero aún, es locávora de corazón.

“Tiene un impacto en las economías locales y en los pequeños agricultores, y desde el punto de vista de un cocinero, la comida es más fresca”, dice ella.

McWilliams, autor de Just Food: Where Locavores Get it Wrong and How We Can Truly Eat Responsibly, concuerda. Pero tiene dudas con relación a la noción de que el alimento necesita menos millas de transportación y que comer local es una mejor selección para el ambiente.

Observa que el transporte del alimento constituye solo un 9 a 11 por ciento de la “evaluación del ciclo de vida” (cuánto afecta el ambiente), mientras que las cosas como el uso del agua, la aplicación de fertilizantes y las técnicas de cultivo hacen más daño. Según McWilliams, ¿Realmente es más ecológico comprar tomates locales si su cultivo requiere hasta diez veces más de energía? ¿De verdad es más sostenible comprar arroz local en un estado árido si los acuíferos se han secado para hacerlo crecer?

Otro asunto concierne a las economías de escalas. Por ejemplo, un camión que carga 2,000 manzanas en un recorrido de 2,000 millas consumirá la misma cantidad de combustible por manzana, al igual que un agricultor local en su camioneta recorre 50 millas para vender 50 manzanas. “Local no necesariamente es más verde”, señala McWilliams.

Entonces, ¿de qué se trata? De comer menos carne, sostiene él. Existe un gran cúmulo de estudios que apoyan este punto de vista

Aún más reciente, un estudio de 2009 publicado en The American Journal of Clinical Nutrition encontró que una dieta carnívora requiere 2.9 veces más de agua, 2.5 veces más de energía, 3 veces más de fertilizantes y 1.4 veces más de pesticidas que una dieta vegetariana.

“Si como menos carne o llevo una dieta vegana, automáticamente estoy encogiendo la huella de carbono en mi dieta, no importa de dónde vengan los alimentos”, dice McWilliams.

Cultivando nuestros propios alimentos

Greg Peterson dice que hay otro punto de vista que a menudo se queda fuera del rompecabezas cuando las personas consideran cómo pueden cambiar el mundo con relación a lo que comen: “Los alimentos crecen gratuitamente. Solo tiene que comprar una pequeña semilla y poner un poco de agua. Las personas deben cultivar sus propios alimentos, compartirlos y darlos”.

Desde su patio de 80 pies por 60 pies en el corazón de Phoenix, Peterson tiene de 50 a 100 cultivos individuales, desde cítricos hasta guisantes y hortalizas. Sus vecinos se presentan para recoger melocotones o unos cuantos huevos frescos. Y también se ha regado la voz de que auspicia clases de jardinería para todos, desde los retirados ricos con grandes patios hasta residentes en condominios que quieren sembrar hierbas en sus balcones.

“Para mí de lo que se trata es de desarrollar sistemas de alimentos locales y hacer que los vecindarios sean más adaptativos”, dice él. “Hay algo inherentemente espiritual con relación al poder salir a mi jardín y recoger zanahorias, remolachas y lechugas para la cena”.

Erin Barnett es directora de LocalHarvest, con base en Minnesota, organización que conecta a los consumidores con las fincas, las cooperativas (grupo colectivo de venta de alimentos sin fines de lucro o club de compra que ofrece a los miembros precios de descuentos en productos buenos para la salud en intercambio por un costo y horas de trabajo) y agricultura apoyada por la comunidad o CSA (donde los miembros compran una acción y reciben un caja de vegetales y frutas locales cada semana). Ella dice que esto puede ser una excelente forma de beneficiar nuestra salud, ambiente y economía local. Pero puede haber otro lado de la moneda. Por ejemplo, una cooperativa puede tomar años formarla y, por lo general, corre por voluntariado, lo que envuelve un aprendizaje significativo; incluso a menudo requiere que los miembros pongan par de cientos de dólares antes de que abra sus puertas. El pertenecer a un CSA incluye un riesgo colectivo. Por lo tanto, si hay un año de mala cosecha, las acciones de los miembros se ven afectadas. En un mercado de agricultores, de vez en cuando, un vendedor puede incluir un vegetal o fruta que viene de lejos y venderlo como local u orgánico.

Como alguien que compra huevos de un mercado de agricultores, animales de una finca local que han sido alimentados con hierba, productos secos de una cooperativa, nueces de un club de compra de artículos naturales y tiene un cultivo que cubre todo su patio, Barnett nos lo plantea de esta forma: Haga las preguntas primero, entonces haga un plan .

“Todo el mundo va a buscar la manera de inventar su propia forma de satisfacer sus necesidades al equilibrar su relación con la población local y sus creencias sobre lo orgánico” dice ella. “Es muy complejo, pero al menos las personas hablan sobre el tema”.


Para contactar a la autora, escriba a LisaMarshall08@gmail.com.

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