Haz bien y no mires a quien

La conexión entre ayudar, la salud y la felicidad



Mientras crecía en Long Island, Nueva York, el joven Stephen Post a menudo recibía una receta inusual de su madre cuando estaba de mal humor o deprimido. “Decía: ‘¿Por qué no sales y ayudas a alguien?’”, recuerda. “Salía y ayudaba al Sr. Muller a recoger hojas en su patio o al viejo Bobby Lawrence a arreglar su bote. Luego, cuando regresaba, me sentía mejor y el mundo me parecía un lugar mejor”.  

Décadas después, Post—un profesor de medicina preventiva de la Universidad Stony Brook, en Nueva York—es uno entre un creciente grupo de investigadores que exploran exactamente cómo dichos actos de generosidad y los sentimientos como empatía, compasión y altruismo que provocan pueden en realidad mejorar la salud mental y física.

Los estudios recientes han demostrado que las personas que hacen trabajo voluntario viven más, sufren de menos dolor crónico, tienen sistemas inmunitarios más fuertes, tienen mayor probabilidad de recuperarse de una adicción y experimentan una sensación de calma similar a la que las personas experimentan durante y después de hacer ejercicio. Los científicos todavía no entienden por completo cuál es la base fisiológica de dichos beneficios de salud, pero los estudios anteriores indican que ocurren un sinnúmero de cambios neurobiológicos cuando ayudamos a un ser querido o (en algunos casos) cuando hacemos un cheque para una persona necesitada que no conocemos.

¿Podría ser la generosidad ese ingrediente ausente y que muchas veces pasamos por alto, lo que puede conducir a una mejor salud? Quizás, indica Post, autor del libro The Hidden Gifts of Helping: How the Power of Giving, Compassion and Hope Can Get Us Through Hard Times. “Esta es una ciencia naciente, pero hemos comenzado a descubrir que está pasando algo, en términos fisiológicos, en el proceso de ayudar a otros que parece hacer que las personas se sientan más felices y disfruten de mejor salud”.

Los que ayudan viven más

Todos lo hemos sentido alguna vez: Ese calor interno cuando le llevamos un plato de comida a un pariente enfermo, nos ofrecemos como voluntarios para leer a los niños en una escuela preescolar o ayudamos a organizar las donaciones hechas a un refugio.

Según una encuesta de 2010 de 4,500 estadounidenses por United Healthcare, el 68 por ciento de los que habían hecho trabajo voluntario el año anterior informaron que el hacerlo los hizo sentir físicamente más saludables y el 73 por ciento observó que les reducía los niveles de estrés.  Entretanto, el  29 por ciento de los voluntarios que sufrían de una enfermedad crónica aseguraron que dar de su tiempo los ayudó a manejar mejor la enfermedad.   

Otros estudios realizados por los investigadores del Boston College descubrieron que los que sufrían de dolor crónico y se ofrecían para ayudar a otras personas con condiciones similares, experimentaban una disminución en el dolor y los niveles de depresión. Por lo menos siete estudios han demostrado que las personas que hacen trabajo voluntario regularmente o que dan de sí mismos, viven más, especialmente si lo hacen por razones totalmente altruistas.

Cami Walker, de 38 años, de Denver, ha experimentado de primera mano los beneficios físicos de ser generosos. Después de una noche sin poder dormir y de sentir “lástima por mí misma”, debido a una exacerbación de su esclerosis múltiple, decidió seguir el consejo de un maestro espiritual que le había sugerido: “Regala algo todos los días por 29 días”.

El primer día, llamó a una amiga enferma para ofrecerle apoyo. El segundo, echó cinco dólares en el sombrero de unos artistas callejeros. Otro día, le regaló un masaje para los pies a una amiga. Para el día 14, “Mi cuerpo estaba más fuerte y podía caminar sin la ayuda de mi bastón. Después de meses de estar tan enferma que no podía trabajar, pude regresar a trabajar a tiempo parcial”.

Walker escribió subsiguientemente el éxito de ventas, 29 Gifts: How a Month of Giving Can Change Your Life. Este libro ha inspirado un movimiento global de dar y los participantes cuentan sus experiencias en 29Gifts.org. Según explicó recientemente a The New York Times, “Se trata de alejarte de tu propia historia el tiempo suficiente como para poder conectarte con otra persona”.

El “high” de los que ayudan

La investigadora de la Universidad de Michigan, Sara Konrath, Ph.D., ha descubierto que las personas que participan en actos que benefician a otros tienden a tener más hormonas relajantes, como oxitocina y progesterona en el cuerpo. Cuando estas personas enfrentan una situación difícil en la vida, es probable que reaccionen con una respuesta débil al estrés y, por ende, liberen menos hormonas nocivas del estrés como cortisol y norepinefrina, sin contar que mantienen una frecuencia cardiaca más calmada. Konrath está estudiando si los pensamientos y el comportamiento altruistas también pueden asociarse con un efecto antiinflamatorio en el cuerpo.

“Tal parece que solo el hecho de pensar en dar tiene un impacto fisiológico beneficioso”, señala Post. Por ejemplo, un estudio a finales del siglo 20 por el psicólogo de la Universidad de Harvard, David McClelland, descubrió que cuando las personas vieron una película sobre el trabajo de la Madre Teresa con los huérfanos en Calcuta, los niveles de inmunoglobulina A (un marcador de la fortaleza del sistema inmunitario) aumentaron. Un estudio más reciente descubrió que las personas tenían niveles más altos de oxitocina en la sangre después de ver una película sobre un niño enfermo de 4 años.  

Alguna investigación sugiere además que el acto de dar puede liberar opiáceos, como endorfinas, en nuestro sistema. Un análisis trascendental de 1,700 personas publicado en Psychology Today descubrió que más del 68 por ciento experimentó el “high del ayudante” al ayudar físicamente a otra persona y el 13 por ciento informó una disminución en los dolores y los achaques. Es un concepto que ha sido muy bien documentado desde entonces.  

Entretanto, la investigación basada en escanografías del cerebro ha demostrado que los actos de generosidad (incluidos a una organización sin fines de lucro) estimulan los “centros de recompensa” del cerebro. Esto incluye la vía mesolímbica a través de la cual se libera dopamina natural y hace que nos sintamos eufóricos.

Por otro lado, “Encontramos que las personas narcisistas y de poca empatía tienen niveles más altos de  cortisol” señala Konrath. “Viven con niveles muy altos de estrés, lo que es muy perjudicial para el cuerpo”.  

Otro ejemplo de los beneficios de salud al ayudar a otros está en el campo de la investigación sobre las adicciones. Los estudios recientes realizados por Maria Pagano, Ph.D., catedrática asociada de psicología  de la Escuela de Medicina de la Universidad Case Western Reserve, descubrió que los adictos en recuperación que trabajan como voluntarios para ayudar a otros adictos a mantenerse sobrios tienen una probabilidad dos veces más alta de mantenerse sobrios ellos mismos. Esto se debe a que el narcisismo y el ensimismamiento a menudo son la raíz de las adicciones y la generosidad es un antídoto al narcisismo, indica Pagano.

“Los fundadores de AA (Alcohólicos Anónimos) se dieron cuenta de esto”, continúa diciendo Pagano y por eso el núcleo primario es servir a los demás. “Entendieron que esta raíz de egoísmo estaba ahí antes de que se desarrollara la enfermedad y que seguirá estando ahí a menos que se trate. Ese es el tratamiento; es una forma de erradicar continuamente el narcisismo que lo llevó a enfermarse”.

Nacidos para dar

Stephanie Brown, Ph.D., catedrática asociada de medicina preventiva en Stony Brook, es hija de un psicólogo en evolución y pionero en el estudio de las raíces neurobiológicas del altruismo. En marcado contraste con lo que ella describe como la creencia establecida de que el “autointerés” es innato en la naturaleza humana (que ayudamos a los demás solo para ayudarnos a nosotros mismos), sugiere que los seres humanos están programados biológicamente a sentir empatía y ser generosos.  

“Esto tiene más sentido desde la perspectiva de la evolución que indica que, en ocasiones, debemos suprimir el “autointerés” a favor del beneficio del todo”, señala. La nueva investigación de la Universidad de Washington sugiere que bebés tan pequeños como de 15 meses son capaces de mostrar imparcialidad y empatía.

Así que, ¿por qué no siempre ayudamos? Nuestra vida es demasiado ajetreada y llena de estrés y eso se interpone, sugiere Brown. “Es posible que nuestro estado natural sea ayudar al necesitado, pero lo que lo previene es nuestra respuesta al estrés”.

Es decir, el estrés a menudo se interpone en el camino: quizás vemos a una persona con el automóvil dañado en la carretera y no nos detenemos porque nuestra agenda no lo permite. Quizás nuestro instinto es ofrecer ayuda a una persona sin hogar, pero nos da miedo que quiera más de nosotros de lo que le podemos dar. Queremos llevarle comida a un familiar que está cercano a morir, pero no sabemos qué posiblemente decir cuando lo visitemos.

Los estudios de Brown – auspiciados recientemente por el gobierno federal– demuestran que por lo menos parte de las hormonas relacionadas con la relajación y la paz espiritual que a menudo observamos en las personas que dan con frecuencia, es lo que precede y permite estos actos de desinterés ya que interrumpen la respuesta potencial al estrés antes de que se interponga. “Sugiero que cuando vea a alguien ayudando a otra persona, sepa que ya está sucediendo algo beneficioso en el cuerpo de esa persona” indica Brown. 

Cuando las personas que dan perciben una necesidad, en lugar de inquietarse y huir, calmadamente se detienen a ayudar. Al final, todos siguen su camino sintiéndose un poquito más generosos.   


Lisa Marshall es una escritora freelance en el área de la salud en Boulder, CO. Conéctese en LisaAnnMarshall.com.

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