El corazón de la naturaleza revela nuestra vida espiritual

Exctracto tomado de “America’s National Parks” de The Hour of Land



Gail Johnson/Shutterstock.com

Estaba dentro de la Cueva Timpanogos (un monumental nacional), tenía ocho años, y ese evento me marcó. El senderismo para llegar a la entrada de la cueva era guiado por un guardabosque; la excursión era parte de nuestro grupo de la iglesia. Inmediatamente, el aire frío encerrado dentro de la montaña nos envolvió como ropa suelta. Inmensas estalactitas y estalagmitas colgaban del techo y se levantaban del suelo, declarándose como dientes. Estábamos dentro de la boca abierta de un animal y tuvimos cuidado de no molestar a la bestia, atravesamos la cueva utilizando una estrecha pasarela construida sobre el suelo para no perturbar la fragilidad. Pero fue el Gran Corazón de la Cueva Timpanogos el que capturó mi atención.

Cuando todos los demás dejaron la forma carismática del corazón, me quedé. Necesitaba más tiempo para estar más cerca de él, para ver su aureola roja y anaranjada palpitar en el espacio cavernoso de las sombras. Quería tocar el corazón, recorrerlo con las palmas, creyendo que si lo hacía, podría entender mejor mi propio corazón, que era invisible para mí. Estaba a sólo unos centímetros de distancia, preguntándome si sería frío o caliente al tacto. Parecía hielo, pero se registró como fuego.

De repente, oí el pesado golpe de la puerta y se hizo la oscuridad. El grupo se fue sin mí. Me olvidaron, sola, encerrada dentro de la cueva. Agité mi mano delante de mi cara. Nada. Me mantenían en una oscuridad tan profunda que mis ojos parecían cerrados aunque estuvieran abiertos. Todo lo que podía oír era el sonido del agua que goteaba y el corazón palpitante de la montaña.

Aprendí desde el principio que vivimos por misericordia salvaje.

No sé cuánto tiempo estuve dentro de la Cueva Timpanogos antes de que el líder de la iglesia se diera cuenta que faltaba, pero lo suficiente largo como para haber experimentado cómo el miedo se mueve de pánico hacia la maravilla. Dentro de la cueva, sabía que me encontrarían. Lo qué no sabía era lo que me encontraría: el espíritu de Timpanogos

Hasta el día de hoy, mi vida espiritual se encuentra dentro del corazón de lo salvaje. No lo temo, lo cortejo. Cuando estoy fuera, anticipo mi regreso, necesitando tocar la piedra, la roca, el agua, los troncos de los árboles, el movimiento de la hierba, la punta de una pluma, el pelaje dejado por un bisonte.

Wallace Stegner, uno de mis mentores, escribió: “Si preservamos como parques sólo aquellos lugares que no tienen posibilidades económicas, no tendríamos parques. Y en las próximas décadas, no será sólo el búfalo y el cisne trompetista que necesitan santuarios. Nuestra propia especie también los va a necesitar. Ahora los necesita.


Extracto de tomado The Hour of Land: A Personal Topography of America’s National Parks por Terry Tempest Williams, reimpreso con permiso. Conozca más en Learn more CoyoteClan.com/index.html.

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